miércoles, 24 de enero de 2024

CASTRO VETÓN DE VILLASVIEJAS DEL TAMUJA Y DEHESA DE BOTIJA

En Botija, un pequeño municipio en la provincia de Cáceres a 32 km de la capital provincial, podemos visitar uno de los yacimientos arqueológicos más fascinantes y prometedores de Extremadura: el castro vetón de Villasviejas del Tamuja y lo podemos encontrar encajado en una preciosa dehesa que también nos ofrece molinos, zahurdas o un puente del siglo XVI. 

Belleza, paisaje natural y patrimonio histórico.

Es fácil darle la razón al viajero Richard Ford quien, en sus apuntes sobre España y tras recorrerla de punta a punta, escribió que nuestra Comunidad, pese a ser poco visitada por extranjeros - y aún por los españoles - era de largo la más interesante para arqueólogos y naturalistas.

Para visitar nuestro castro vetón debemos atravesar una dehesa, ese bosque mediterráneo antropomorfizado y conservado gracias a un triple aprovechamiento agro-silvo-pastoril. 

La dehesa ofrece una imagen única entre el otoño y el verano, sobre todo tras las lluvias de un buen otoño o de una buena primavera: el verde lo inunda todo y el agua corre con generosidad.


Los árboles que nos vamos a encontrar, sobre todo encinas y alcornoques, ofrecen sus bellotas a los animales que vagan por aquí libres y sueltos, como los cerdos durante la montanera, y la madera o el corcho a los humanos, junto con setas y alimentos variados.


La dehesa, como hemos dicho aquí en varias ocasiones, es un espacio bien aprovechado y ecológicamente sostenible.


Antes de entrar en el yacimiento conviene perderse por este entorno, disfrutar de sus sombras y su frescor, de su aroma, de sus sonidos, de su paz.

Entrando ya en materia: el castro de Villasviejas del Tamuja fue levantado por el pueblo celtíbero de los vetones durante la IIª Edad del Hierro y estuvo habitado entre los siglos IV  y  I a.e.p.: durante cuatro siglos.

Si descendemos cerca del arroyo del Verraco, podremos observar unas escaleras monumentales y parte del sistema defensivo del castro, con sus muros de sillares y sus torreones.


Estas escaleras y esta zona de la foto pertenecen ya al último siglo de ocupación, cuando la Lusitania era un territorio pacificado por los romanos. De hecho, son abundantes en este momento las construcciones extra-muros.


El poblado se levantó cerca de importantes recursos mineros y en su momento de mayor extensión contó con entre 2.000 y 3.000 habitantes: mineros y artesanos, ganaderos y agricultores y, por supuesto, los guerreros, pues los celtas eran una estratocracia, es decir, que se dotaban de un gobierno de jefes guerreros (stratos, ejército en griego). 

Encontraremos dos recintos fortificados, A y B, separados por una pequeña depresión y podremos ver en ambos los cimientos de sus viviendas y calles o de los muros defensivos y observar su adaptación a las materias primas del entorno: el uso de la pizarra o del granito del cercano batolito de Plasenzuela.


Levantado A 500 metros sobre un relieve paniaplanado, aquí se han encontrado pesas de telar, molinos de mano y, en sus tres necrópolis, ricos ajuares. Y seis verracos, por supuesto. 

Los verracos, como nos recuerdan las fuentes antiguas, eran un signo distintivo de los vetones, un etnónimo, el de vetón, que vendría a significar guerrero o saqueador, pues el nombre se lo dieron los griegos y luego lo tomaron los romanos, para quienes cualquier pueblo que no fueran ellos eran bárbaros. Los verracos fueron de uso común entre los vetones incluso todavía en el siglo II de nuestra era, cuando ya estaban plenamente romanizados (un orgulloso testimonio de su pasado y de su identidad). 


Junto al yacimiento A, podéis ver esta imponente encina, de, tal vez, quinientos años. Obsérvese el grosor de su tronco y la amplitud y extensión de su copa.


Lo que más nos puede sorprender del complejo es su sistema defensivo: sobre una colina, protegido por un escarpe del río Tamuja y por un desnivel del arroyo del Verraco, con murallas y torreones y, en su parte más expuesta, un foso artificial que aprovecha los dientes de perro (esas peñas dentadas que sobresalen de la tierra) y doble muralla: un bastión inexpugnable.

En esta foto podéis ver el foso artificial, de notable extensión, uno de los de mayor longitud que se conserva de pueblos prerromanos.


Y la muralla, el muro como también lo llaman los lugareños, con sus bien trabajados sillares. 

Aquí llegaron los romanos y aquí establecieron un campamento, cuyas excavación es reciente. Pues Villasviejas del Tamuja fue una dípolis romana, una doble ciudad, la original o autóctona, la oppida indígena, y el campamento de los romanos.

¿Por qué se abandonó? No lo sabemos. Tal vez con el desarrollo de la Lusitania romana quedó aislada de las principales vías de comunicación, tal vez su población prefirió acudir a la más rica ciudad de Norba Caesarina, tal vez los romanos los desplazaron hasta los nuevos y cercanos pueblos mineros,

En todo caso, el poblado y sus murallas se convirtieron en cantera de uso fácil para los habitantes posteriores de Botija, a partir del medievo, pues los sillares vetones aparecen en los cercados del entorno o en el imponente Molino de El Rincón.

Y el castro se convirtió en antiquísima villa vieja abandonada junto al río Tamuja, una denominación, Villasviejas del Tamuja, que ya aparece en la polémica entre el Maestre de la Orden de Santiago Rodríguez Íñiguez y el concejo de Cáceres por el deslinde de las tierras que pertenecerían a Cáceres o a Montánchez, o en los Fueros de Cáceres en 1229 o en 1231 como castiello del Tamuxa.

Hasta que en los años 60 del siglo XX Calzado procede a una primera excavación a instancias de Carlos Callejo, una más completa en los años 80 y 90 y otra reciente, a cargo del Instituto de Arqueología de Mérida, que ha descubierto las huellas romanas. Y todavía queda mucho excavar. Hay catas prometedoras en todo el entorno.

En la foto, el río Tamuja, que siempre nos acompaña en el recorrido.

Siguiendo el río, podemos acceder hasta el Molino de El RincónLa Muralla, su dique, imponente y bellísima construcción sobre un buen escarpe del terreno. Como se ha dicho antes, aquí fueron aprovechados los sillares del poblado vetón.

El Puente Viejo es, igualmente, un lugar mágico. Por su factura nos recuerda al puente del camino viejo de Cáceres.

Puente del siglo XVI, fue reconstruido a inicios del XVII tras una gran avenida que se lo llevó por delante (avenida es como se denomina a las crecidas de un río: avenida, riada o aguas altas)


Por cierto, que en una de estas últimas crecidas, un trozo de la parte superior ha vuelto a ser vencido por la fuerza del agua.

El Tamuja rebosante de agua, rompiendo contra las rocas, río, eso sí, con un marcado estiaje: en verano puede secarse.

Junto al Puente Viejo, un molino de inicios del siglo XX.



El Puente Viejo es un buen lugar para admirar al Tamuja y el entorno.


Otra joya abundante en la dehesa son sus zahurdas, ejemplo de la arquitectura vernácula popular, realizadas en pizarra y con la técnica de la piedra seca, declarada patrimonio inmaterial de la Humanidad. 


Las zahurdas (tal vez del vasco sar -entrar- y urde - cerdo-) son cochineras de planta circular y, en las más sencillas, corrala y cámara cubierta. Una piedra plana actúa como dintel de entrada, tanto al corral como al recinto cubierto.

En el entorno de la ermita del Cristo Crucificado (de reciente construcción) tenéis bastantes zahurdas y, se nuevo, un buen lugar para dejarse  arrullar por el sonido del Tamuja.

Y cuando te detengas ante las zahurdas, construcción imprescindible para las economías campesinas, recuerda que en su humildad reflejan todo un complejo sistema de apoyo y solidaridad colectiva, de una comunidad que intentaba sobrevivir y donde todos tenían algo que aportar.


En la App de Mapas de España podéis encontrar rutas para visitar la dehesa, incluyendo la mía. 


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