En Botija, un pequeño municipio en la provincia de Cáceres a 32 km de la capital provincial, podemos visitar uno de los yacimientos arqueológicos más fascinantes y prometedores de Extremadura: el castro vetón de Villasviejas del Tamuja y lo podemos encontrar encajado en una preciosa dehesa que también nos ofrece molinos, zahurdas o un puente del siglo XVI.
Belleza, paisaje natural y patrimonio histórico.
Es fácil darle la razón al viajero Richard Ford quien, en sus apuntes sobre España y tras recorrerla de punta a punta, escribió que nuestra Comunidad, pese a ser poco visitada por extranjeros - y aún por los españoles - era de largo la más interesante para arqueólogos y naturalistas.
Para visitar nuestro castro vetón debemos atravesar una dehesa, ese bosque mediterráneo antropomorfizado y conservado gracias a un triple aprovechamiento agro-silvo-pastoril.
La dehesa ofrece una imagen única entre el otoño y el verano, sobre todo tras las lluvias de un buen otoño o de una buena primavera: el verde lo inunda todo y el agua corre con generosidad.
Entrando ya en materia: el castro de Villasviejas del Tamuja fue levantado por el pueblo celtíbero de los vetones durante la IIª Edad del Hierro y estuvo habitado entre los siglos IV y I a.e.p.: durante cuatro siglos.
Si descendemos cerca del arroyo del Verraco, podremos observar unas escaleras monumentales y parte del sistema defensivo del castro, con sus muros de sillares y sus torreones.
Aquí llegaron los romanos y aquí establecieron un campamento, cuyas excavación es reciente. Pues Villasviejas del Tamuja fue una dípolis romana, una doble ciudad, la original o autóctona, la oppida indígena, y el campamento de los romanos.
¿Por qué se abandonó? No lo sabemos. Tal vez con el desarrollo de la Lusitania romana quedó aislada de las principales vías de comunicación, tal vez su población prefirió acudir a la más rica ciudad de Norba Caesarina, tal vez los romanos los desplazaron hasta los nuevos y cercanos pueblos mineros,
En todo caso, el poblado y sus murallas se convirtieron en cantera de uso fácil para los habitantes posteriores de Botija, a partir del medievo, pues los sillares vetones aparecen en los cercados del entorno o en el imponente Molino de El Rincón.
Y el castro se convirtió en antiquísima villa vieja abandonada junto al río Tamuja, una denominación, Villasviejas del Tamuja, que ya aparece en la polémica entre el Maestre de la Orden de Santiago Rodríguez Íñiguez y el concejo de Cáceres por el deslinde de las tierras que pertenecerían a Cáceres o a Montánchez, o en los Fueros de Cáceres en 1229 o en 1231 como castiello del Tamuxa.
Hasta que en los años 60 del siglo XX Calzado procede a una primera excavación a instancias de Carlos Callejo, una más completa en los años 80 y 90 y otra reciente, a cargo del Instituto de Arqueología de Mérida, que ha descubierto las huellas romanas. Y todavía queda mucho excavar. Hay catas prometedoras en todo el entorno.
En la foto, el río Tamuja, que siempre nos acompaña en el recorrido.
Siguiendo el río, podemos acceder hasta el Molino de El Rincón y La Muralla, su dique, imponente y bellísima construcción sobre un buen escarpe del terreno. Como se ha dicho antes, aquí fueron aprovechados los sillares del poblado vetón.
El Puente Viejo es, igualmente, un lugar mágico. Por su factura nos recuerda al puente del camino viejo de Cáceres.
Puente del siglo XVI, fue reconstruido a inicios del XVII tras una gran avenida que se lo llevó por delante (avenida es como se denomina a las crecidas de un río: avenida, riada o aguas altas)
El Tamuja rebosante de agua, rompiendo contra las rocas, río, eso sí, con un marcado estiaje: en verano puede secarse.
Junto al Puente Viejo, un molino de inicios del siglo XX.
En el entorno de la ermita del Cristo Crucificado (de reciente construcción) tenéis bastantes zahurdas y, se nuevo, un buen lugar para dejarse arrullar por el sonido del Tamuja.
Y cuando te detengas ante las zahurdas, construcción imprescindible para las economías campesinas, recuerda que en su humildad reflejan todo un complejo sistema de apoyo y solidaridad colectiva, de una comunidad que intentaba sobrevivir y donde todos tenían algo que aportar.

























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