Enclavado en la dehesa extremeña, entre Aljucén y la Nava de Santiago, se encuentra un dolmen de corredor largo espectacular; por su altura, uno de los más grandes de España; construido cuando el IV milenio tocaba a su final y las sociedades prehistóricas empezaban a transitar desde el Neolítico al Calcolítico o Edad del Cobre:
Estamos hablando del Dolmen de Lácara.
Como ya hemos comentado en este blog, los megalitos (en griego, grandes -mega- piedras -lithos) son construcciones levantadas por las sociedades agro-ganaderas de la Prehistoria entre el V y el II milenio antes de la era común: menhires, crómlech y, los más abundantes en Extremadura, dólmenes.
Los dólmenes tenían un uso funerario: eran los sepulcros colectivos donde las comunidades que los levantaban enterraban a sus muertos (y lo hacían durante muchas generaciones) y en los que se celebrarían distintos rituales relacionados con el culto a los antepasados. Pueden ser de corredor corto (como los que podéis ver en Valencia de Alcántara) o de corredor largo (como todos los del llamado foco alentejano-extremeño, al que pertenece éste de Lácara).
Conviene precisar la estructura de los mismos: cuentan con una cámara circular formada por losas de piedra hincadas en vertical (a las que llamamos ortostatos) y que se cubría por una gran losas en horizontal (losa de cubrición); a la cámara se accede por un pasillo, formado por dos hileras paralelas de ortostatos y que siempre es más bajo que la cámara, terminando todo en un patio o atrio.
Podéis ver esas tres partes en esta foto:
El dolmen de Lácara fue declarado monumento nacional en 1931, pero antes de esta protección tuvo una vida agitada: fue saqueado (como tantos otros), usado como cantera y su cámara volada con dinamita en el siglo XIX. En las cercanías podréis encontrar ortostatos con huecos perforados para colocar en ellos la dinamita.
A pesar de todo ello, se han podido documentar algunos ajuares que lograron sobrevivir, formados por ídolos-placa, puntas de flecha y cuchillos, elementos que nos permiten establecer una cronología de inicio: en el Neolítico Final.
Con 20 metros de longitud y 5,2 metros de altura (en el caso de la cámara), eso lo convierte en el dolmen de mayores dimensiones de Extremadura y uno de los más grandes en España. Un único ortostato mantiene la altura original, el único que sobrevivió a la dinamita, destacando poderosamente.
Un dato curioso es que este dolmen fue usado como vivienda en época romana y medieval y que la primera noticia histórica del mismo se la debemos a Vicente Barrantes, un erudito bibliófilo pacense, en 1875. El gran José Ramón Mélida, descubridor del Teatro Romano de Mérida, logró que el primer Gobierno de la República lo protegiese, declarándolo Monumento Nacional el 3 de junio de 1931.
Vamos con el análisis de sus distintas estancias.
Empezaremos por el atrio, un trapezoide cerrado por una gran losa y que no estaría cubierto en origen, de notables dimensiones para acoger las celebraciones que, seguramente, se realizarían en el mismo, con la presentación de ofrendas a los muertos.
Desde el atrio accedemos a la primera de las dos antecámaras que forman el pasillo o corredor largo. Un espacio donde, salvo en un tramo, se conservan todas sus losas de cubrición.
Aquí podéis ver el tramo donde la losa se fracturó.
Cuando penetramos por el pasillo nos llama la atención como éste se va estrechando hacia la cámara y como quedan perfectamente delimitadas las dos antecámaras mediante losas a modo de jambas a ambos lados. Una estructura adintelada que puede llegar a alcanzar los 1.6 metros de altura.
Y llegamos así a la cámara circular, el lugar donde se depositaban los cadáveres y sus ajuares.
A unos pocos metros del dolmen podéis ver los restos que se conservan de los ortostatos rotos y de la losa de cubrición.
Y también podéis ver los grabados rupestres, en forma de cazoletas, con las que contaron estas losas.
Estas rocas graníticas proporcionaron la materia prima para obtener las losas con las que construir el dolmen.
En el camino de llegada a nuestro monumento podrás encontrar una buena muestra de este paisaje silicio y de los procesos erosivos que actúan en él, como la fractura de la roca mediante la gelifracción.
Los pueblos antiguos también lograban romper las peñas introduciendo en sus grietas (diaclasas) cuñas de madera e hinchándolas con agua y golpeando.
Puedes ver la ruta aquí y seguirla en el QR, aunque el camino está muy bien señalizado y no tiene pérdida.























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