domingo, 21 de mayo de 2023

RUTA POR LAS CORRALÁS: LA DEHESA BOYAL DE TORREQUEMADA

Pongamos un cercado formado por el apilamiento de piedras sin labrar: no hay uso de hormigón, ni de cemento, ni de argamasa que las sujete; el muro aguanta solo por el peso de las piedras, unas encima de las otras. 

Cuando vemos un cercado así, estamos ante una técnica constructiva tradicional denominada "de la piedra seca", declarada Patrimonio Inmaterial por la UNESCO en 2018, tal y como puedes leer aquí

Este arte popular lo vas a encontrar en abundancia en Torrequemada,  en un paraje natural de su dehesa boyal (el prao) que sus vecinos denominan las corralás.

Pero antes de hablarte de estos corrales para la cría de cerdos, permite que te presente esta ruta y su inicio. 

Nos encontramos en Torrequemada, el segundo de tres pueblos muy próximos entre sí y que se encuentran en la carretera entre Cáceres y Miajadas: Torreorgaz, Torrequemada y Torremocha. Las tres torres.

El pueblo disfruta de una enorme finca de uso comunal, una dehesa boyal de 270 hectáreas que ha logrado sobrevivir a las desamortizaciones de Madoz en el siglo XIX y a las fiebres privatizadoras de los últimos 50 años. Un apunte curioso sobre las desamortizaciones de Madoz: afectaron a los municipios, que perdieron sus bienes de propio y sus tierras comunales; pero en Torrequemada los vecinos decidieron agruparse para optar a la venta, logrando así preservar este bien.

En la foto, ya puedes ver la charca grande o charca del prao que encontramos al poco de iniciar nuestro camino.

En nuestros días, una dehesa boyal comprende aquellos prados y pastos donde los habitantes de la vecindad  pueden soltar y pastorear sus ganados o recolectar los productos de sus suelos y árboles, como las setas y bellotas. En este mismo blog hemos hablado de otra dehesa boyal, la de Arroyo de la Luz.

En esta que estamos recorriendo encontraremos un paisaje de dehesa extremeña, con sus encinares y alcornocales como árboles dominantes, y el ganado pastando libre entre ellos. Un bosque abierto y transformado por la acción antrópica.


No hay que preocuparse por toparte con las vacas, incluso con esas que parecen toros a ojos profanos. Estos rumiantes son criaturas mansas que no molestan, mientras no sean molestadas.

Eso sí, estate atento a si las vacas están encinta o recién paridas, sobre todo en este último caso, porque son protectoras de sus crías. 

Pero vacas no es lo único que te vas a encontrar: sorprende descubrir una pequeña manada de caballos y yeguas.


Equinos que tienen en la dehesa una buena extensión para las caballadas.


Y si al autor de este blog le gusta especialmente la dehesa, su debilidad es, como ha quedado de manifiesto en esta web, el berrocal. ¡Y aquí hay berruecos y batolitos graníticos en abundancia, peñas y bolos y alguna piedra caballera!

De hecho, este granito ha sido explotado por los canteros para obtener grandes planchas, abundando en el terreno las huellas de un trabajo artesanal, en los tiempos en los que la cantería no estaba "industrializada".


Suelen abundar los asientos construidos para los corrillos, bancos de granito donde comer, charlar, celebrar juegos o simplemente descansar en el camino.


Y si te fijas bien, podrás ver las líneas de fractura de la piedra que han ido realizando a lo largo de los siglos los canteros del entorno. No debes entender aquí un oficio exclusivo, sino una técnica que también dominaba la población agraria del entorno y que hacía uso de ella para obtener la materia prima para sus casas, cercados y construcciones.


Iniciado el recorrido, pronto nos encontraremos con los numerosos cercados de animales levantados con la técnica de la piedra seca: las corralás

Este entorno etnográfico, este vestigio de arquitectura popular y rural, fue declarado bien de interés cultural en 2017 y solo por pasearse entre estos cercados merece la pena la visita a la dehesa boyal.


Son varias decenas de corralas o zahurdas, 230 en total, dedicadas exclusivamente a la cría del cerdo.


Puedes distinguir en las construcciones dos espacios: un pequeño habitáculo donde la cerda podía cobijarse para parir a sus lechones y un corral.


Posteriormente, los cerdos serían llevados al pueblo, engordados y finalmente sacrificados en la matanza. Del animal (cerdos y lechones) se obtenían alimentos para uso de una familia durante un año entero. La caza y la pesca ocasional, y los productos agrarios sobre todo, junto a lo obtenido de gallinas, vacas y ovejas, aportaban todos los recursos necesarios para vivir.


Las corralás pertenecían a distintas familias de la vecindad.


Como puedes ver en las fotos, las hay circulares y rectangulares y algunas de ellas, las más complejas, hasta pueden emplear la argamasa.



En última foto, a la izquierda, parece ser que tenemos una construcción donde viviría el guardián de Las Corralás, o tal vez  tuvo un uso en algún momento como bujío de pastores, pues así se han interpretado los nichos que se observan en su interior y que no aparecen en otros corrales.


Nuestro camino sigue y dejamos atrás los cercados de piedra seca para seguir el curso del Salor, río que nace en las Sierras de Montánchez y que desemboca en el río Tajo, el más largo de la Península. Es, pues, uno de sus numerosos afluentes.


El Salor discurre íntegro por la provincia cacereña, un caudal con un marcado estiaje veraniego (disminuye notablemente) y 120 km de longitud. Y aunque es afluente del Tajo, también él tiene los suyos propios: el Ayuela, el Casillas y la Rivera de Araya... Afluentes de un afluente.


Caminando a su ribera llegamos hasta el puente sobre el río Salor y la Ermita de Nuestra Señora del Salor, tal y como puedes ver en esta panorámica: río, puente y ermita.


El puente, aunque puede parecerte medieval por su ligero arco apuntado, es del siglo XVI. Y todo parece indicar que fue levantando para sustituir a otro anterior. Como puedes ver en la foto, uno de sus lados se apoya en el lecho granítico. El otro lo hará en tierra.

Torrequemada se encuentra en el trazado, perdido, de un antiguo camino romano y se han encontrado restos romanos en el entorno: un poblado, una villa y tumbas antropomorfas, de las que luego hablaremos, por lo que cabe suponer la existencia de un puente romano en este mismo  lugar, sustituido con posterioridad por éste. En Torremocha, sin ir más lejos, encontramos un pequeño puente de origen romano.


Aquí tenemos un puente de tres ojos (que es como se denominan a los arcos del mismo por los que discurre el agua), aunque solo destaca el central, con una anchura total de 7 metros. La calle del puente es amplia, atravesándolo, de hecho, los coches en la actualidad (muy pocos, afortunadamente).

Su factura es notable, sobre todo si lo comparamos con otros del entorno, empleando con abundancia la sillería, que le otorga sensación de solidez y fortaleza, sin excluir una decidida apuesta por la estética. Es un puente bello.



Lo vamos a cruzar, pero antes de subir hasta la ermita conviene desviarse ligeramente, porque a unos 100 metros encontraremos un antiguo molino medieval, que conserva el canal del agua y uno de sus cuerpos.


A un lado, la antigua rueda del molino.


Y ya sí: avanzamos hacia la notable Ermita de Nuestra Señora del Salor. Atento viajero, aquí tienes un templo singular, aunque te recomiendo que te hayas puesto en contacto con el Ayuntamiento para solicitar las llaves, porque si su exterior es hermoso, su interior es espectacular.

La ermita se asienta sobre un inmenso batolito de granítico, en una pequeña altura.


En realidad son dos edificios (fíjate en las dos linternas): uno de origen medieval (aunque reformado en el siglo XVI) y otro añadido con posterioridad, el actual ábside o capilla mayor, del siglo XVIII y de estilo barroco. 

La tradición dice que aquí se apareció la Virgen a un pastor (un relato que se repite en tantos otros lugares) para rebelarle donde podía hallar una talla con su imagen. 

La talla adquirió fama y fue muy venerada, levantándose de inmediato una ermita para cobijarla. De hecho, aquí tenemos el primer templo de advocación mariana existente en la Comarca y Villa de Cáceres. 


Notables son sus pinturas murales, como las del arco ojival de la portada norte, con una representación de la Virgen y de los ángeles.


En este detalle puedes ver uno de los ángeles y el color dominante: el rojo carmesí.


La ermita fue destruida durante las guerras napoleónicas, incluyendo la talla mariana (la actual es moderna) y el lugar fue empleado como establo para los animales. Habrá que esperar a los años ochenta del siglo XX para que el edificio sea objeto de una afortunada restauración que impidió su definitivo deterioro.


Una restauración que también puso de relieve la belleza de sus arcos interiores, de claros resabios mozárabes (hay quien considera que la factura pudiera ser templaria y que esta iglesia debe ponerse en relación con la cacereña ermita del Espíritu Santo, hipótesis que queda aquí apuntada, aunque nada de eso es seguro).

Que no tengamos muebles o que los bancos estén limitados a las partes delanteras, nos permite apreciar mejor lo magnífico del conjunto: un espacio diáfano, libre, solemne, que invita a la introspección.


La restauración también sacó a la luz las pinturas murales en las que vemos distintos episodios de la vida de Cristo. Por ejemplo ésta, con Cristo camino al Calvario.


O la representación de la última cena, donde también se coloca a la Virgen María en la mesa, junto a su hijo (hay quien propone que sería María Magdalena, pero yo lo dudo).

La presencia de la Virgen en la Última Cena es notable y refleja bien la importancia que adquirió el culto mariano en este lugar.


Te invito ahora a que te fijes en el suelo del exterior porque podrás encontrar varias tumba antropomorfas y otros elementos excavados en el batolito granítico. 


Destacan estas dos tumbas junto a uno de los lados del ábside. Muy probablemente la ermita se levantó sobre una antigua necrópolis romana o altorromana.


Así puedes una necrópolis de origen romano: de nuevo encontramos aquí el berrocal sagrado de los pueblos de la antigüedad, muchos de ellos cristianizados con posterioridad. Este sería uno de esos casos. 

Para otros autores tal vez habría una iglesia visigoda o mozárabe y las tumbas no serían romanas, sino altomedievales-visigodas. El autor de este blog se inclina, sin embargo, por la génesis romana, sin excluir posteriores (y habituales) reutilizaciones.

Las de la ermita no son las únicas tumbas. Hay otras escondidas en el entorno, una de ellas muy espectacular y excavada sobre un bolo granítico. En ésta, dice la tradición, "dormía" la talla de la Virgen encontrada por el pastor.


Regresamos al camino, volvemos a cruzar la Ermita y, antes de pasar por la puerta de entrada del norte, nos fijamos en el grabado del umbral: apenas se ve, pero es un antiguo juego de origen romano que hoy conocemos como el tres en raya: un alquerque (¿es esta piedra del umbral una reutilización de un material constructivo anterior?)


Vamos a ir finalizando la ruta, volviendo al pueblo. Otra oportunidad de disfrutar del paisaje de la dehesa extremeña.




Pero antes de entrar en el pueblo, un ligero desvío ligero nos lleva hasta la llamada Fuente de los Montanchegos, por estar ésta en el camino natural entre Cáceres y Montánchez. Todo parece indicar que es de factura medieval.


Terminamos la ruta. Pero no queremos dejar la localidad sin pasar por La Torre y el lugar que tal vez de origen al nombre del pueblo: Torrequemada. Es El Cerro de La Torre.


Aquí encontramos una construcción defensiva en ruinas, aunque ésta es del siglo XVI y no se trata de la atalaya defensiva destruida en 1174 en los enfrentamientos entre los Frates de Cáceres (orden de caballería que daría origen a la de Santiago) y Abu Jacob. Aquella Atalaya quemada y derruida daría nombre a la localidad, en opinión de Floriano Cumbreño.



En el Cerro de Torrequemada, donde se encuentra La Torre (y también un yacimiento del Calcolítico a sus pies), podéis ver un vértice geodésico, viejos vestigios de la geografía previa al GPS que se enclava sobre un bolo granítico en el que se han excavado unos escalones de acceso (¿serían anteriores o se hicieron para facilitar el acceso al vértice?). Y precisamente detrás de este afloramiento rocoso se encuentran los restos, escasos, de una construcción, tal vez aquella torrezuela o atalaya quemada.


La ruta la puedes ver aquí, y descargarla para seguirla, en el QR. No está incluida La Torre y el Vértice porque fuimos al lugar tras comer, pero no tiene pérdida.



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