sábado, 24 de junio de 2023

LA ERMITA MUDÉJAR DE NUESTRA SEÑORA DEL SALOR

Ya te hablé en este blog de los tesoros que encierra la dehesa boyal de Torrequemada, como puedes leer pinchando aquí, pero hoy quiero detenerme en uno solo de ellos: la Ermita de Nuestra Señora del Salor, un magnífico ejemplo del arte mudéjar que se conserva en Extremadura.


Fíjate en estos arcos apuntados, y especialmente en las pinturas que se conservan en el intradós de algunos de ellos: lo que estás viendo son geometrías mudéjares.

Los musulmanes españoles no representaban la figura humana, (porque nada puede competir con el dios creador) por lo que recurrían a figuras geométricas representaciones vegetales, o bien a frases del Corán o de poesía (con la hermosa caligrafía árabe) para decorar sus edificios, sean éstos mezquitas o palacios. En la Ermita del Salor, los artistas mudéjares no podían decorar los arcos y el interior con frases coránicas, por lo que optaron por las formas: a partir de un cuadrado se van desenvolviendo bellas figuras octogonales y hexagonales.


El arte mudéjar era practicado por los artesanos musulmanes que pudieron permanecer en las tierras cristianas, cuando éstas habían sido conquistadas, artesanos que aportaron a las construcciones en las que intervenían sus saberes y sus estéticas. 

Mudéjar deriva del árabe mudazzan: "aquel a quien se ha permitido quedarse".

En cuanto a la Ermita del Salor, toma su nombre del río Salor, el cual tendremos que cruzar por un puente de factura medieval, aunque levantado en el siglo XVI.


Enseguida llegaremos a un notable edificio, que en realidad son dos templos y donde nos encontramos con el habitual arte ecléctico extremeño: mudéjar, gótico y barroco, fruto de una historia compleja con muchas intervenciones.

Las primeras noticias de la ermita datan de 1229, y por ellas sabemos que perteneció a Cáceres, aunque con posterioridad la ciudad se la entregó a la localidad de Torrequemada. 

El templo había sido sede de la Cofradía de  Nuestra Señora del Salor, fundada por los caballeros feligreses en la Parroquia de San Mateo, en Cáceres, en 1345.

Las pinturas murales mudéjares no son las únicas que se conservan. En la entrada norte de acceso ya nos encontramos las primeras, dedicadas a la Virgen y a los ángeles.


La presencia de la Virgen es constante. Apuntemos aquí que el culto mariano empieza a extenderse en la plena edad media (en el románico había tenido menos importancia), al tiempo que se van afirmando los dogmas católicos relativos a la madre de Jesús.

Nuestra Señora del Salor fue destruida durante la Guerra de Independencia y terminó siendo usada como establo hasta el siglo XX, cuando la Junta de Extremadura la recuperó y la restituyó. Las cubiertas originales había desaparecido, por lo que las maderas del tejado a dos aguas son contemporáneas. 

Durante el proceso de restauración fueron aparecieron las pinturas murales, no solo las mudéjares citadas, también distintas escenas de la vida de Cristo.

Un calvario, por ejemplo. 

O Jesús ante los doctores (rabinos) de la sinagoga, a la izquierda; y en la Última Cena, a la derecha.

El fresco de la Última Cena tiene la particularidad de incluir en la misma a la Virgen. Hay quien postula que sería María Magdalena, fruto sin duda de la influencia del Código Da Vinci, pero eso es una fantasía: dada la vocación de la ermita y la importancia del culto a la Virgen, ella sería la representada, junto a su hijo. El nimbo, halo o aureola con la que se pintan a María y Jesús es buena prueba de esa filiación estrictamente mariana. 

No estamos, claro, ante obras maestras de la pintura, pero dentro de su sencillez, son bellas. Una pequeña muestra del arte rural y, sin duda. su recuperación fue una gran noticia para la Historia del Arte en nuestra tierra.

¿Y qué decir del interior? De estos  arcos apuntados y arcos de medio punto que convierten a este templo en uno de los más hermosos de la comarca cacereña.

Y el hecho de que los bancos estén limitados a la cabecera es un gran acierto, porque permite que podamos disfrutar de un espacio diáfano, limpio y solemne. 

Aquí tenemos tres naves con seis tramos, separados por arcos transversales en las naves laterales, de medio punto, y arcos apuntados u ojivales en la central. La rosca de los arcos se ha realizado en ladrillo (otro elemento mudéjar) y el intradós de los mismos se ha decorado con las geometrías mudéjares señaladas.

La ermita tiene dos accesos, la puerta norte que antes hemos visto y ésta otra, la principal, cobijada bajo un templete de acceso.


Y si te fijas bien, observarás distintas tumbas antropomorfas excavadas en el batolito granítico. Tumbas de origen romano, porque este fue un lugar sagrado desde la antigüedad, posteriormente cristianizado. Un caso similar lo tenemos en la Iglesia de la Luz, en Arroyo, levantada también sobre un antiguo berrocal sagrado. 


Como ves, hay muchos y muy buenos motivos para visitar esta pequeña y bonita ermita.

domingo, 18 de junio de 2023

EL DÍA QUE WELLINGTON ME IMPIDIÓ CONOCER LOS JARDINES DEL PALACIO DE SOTOFERMOSO

En el pueblo de Abadía, en la provincia de Cáceres, se halla un palacio-fortaleza de notables dimensiones; un palacio que albergó uno de los jardines renacentistas más espectaculares de España:

El Palacio de Sotofermoso.


La historia de Soto Fermoso es rica en tradiciones: originalmente, una fortaleza templaria que pasaría a convertirse en abadía cisterciense en el siglo XIII (de ahí el nombre de la localidad), para terminar formando parte del patrimonio de la Casa de Alba, convertido ya en Palacio de los Duques, quienes retuvieron su propiedad hasta el siglo XX.

El imponente palacio-fortaleza domina Abadía y se impone sobre el paisaje.


Austero en su exterior, con escasos o nulos adornos, en su interior esconde un extraordinario claustro mudéjar, o por mejor decir, patio, porque esa terminó siendo su función cuando la abadía se convirtió en la casa de los Alba.

Pero lo más notable de este complejo fueron sus jardines, ya abandonados, pero que todavía permiten evocar los esplendores pasados, visibles en sus arcos y puertas de entrada y sus esculturas.

Desde fuera un grueso muro, sin duda


Un muro donde podemos ver el escudo nobiliario de los Alba


Pero, ¿y si entramos? 

Y aquí es donde interviene mi historia con Wellington.

Con unos amigos, decidimos visitar el palacio y sus jardines un día que no era lunes, aunque éramos conscientes de que ese era el único día en que Sotofermoso estaba abierto al público, de 10 a 11:15. Bueno, si no es posible acceder, por lo menos lo veremos - y lo fotografiaré - desde fuera. Con ese consuelo encaminamos nuestros pasos y llegamos al pueblo. 

Nada más acercarme al palacio, mientras mis amigos aparcaban correctamente el coche (reconoceré cierta y maleducada impaciencia) observé que un señor salía de la casa-fuerte. "Sin duda el guardia", pensé, y decidí abordarle con discreción: "¿Es éste el Palacio de Sotofemoso?" pregunté, siendo yo plenamente consciente de que lo era.

No hubo respuesta. Me miró y continuó su camino. Pero de pronto decidió volverse y me inquirió por mi interés en el palacio. "Soy profesor de Historia y..." empecé a contestar y, en ese instante, para mi infinita sorpresa, me interrogó "¿Qué sabes de Wellington en la batalla de los Arapiles?"

¡Ayyy! Nada, nada sabía. Muchas cosas conozco, muchas fechas, muchos datos. Horas podría estar hablando de la formación del feudalismo o de los caminos que se abren con la revolución francesa, incluso de la dimensión cultural que llegó a tener en su momento el Palacio de Sotofermoso, auténtica corte de intelectuales en el siglo XVI y donde estuvieron alojados, a expensas del ducado, Garcilaso de la Vega o Lope de Vega... Pero de Wellington en los Arapiles.,, 

"De esa batalla, en concreto, nada puedo decir - le respondí - pero si de Wellington en la batalla de Badajoz". Y el buen señor siguió su camino. Nada dijo. Ni un triste adiós.

Había perdido la oportunidad, el reto, la prueba. Porque sin duda Wellington en la batalla de los Arapiles debía ser una prueba que, bien resuelta, te abría las puertas del paraíso renacentista de Sotofermoso.  

Un señor que también estaba por la zona se nos acercó a mis amigos y a mí y nos reveló que aquel que habíamos tomado por guardia del lugar ¡era uno de los actuales propietarios del Palacio!

Volvimos al plan original y recorrimos la imponente construcción desde el exterior. Merece la pena. Y por una afortunada rendija del muro pudimos atisbar a ver las impresionantes puertas de entrada a sus jardines.


Forzando el objetivo de la cámara de fotos, hasta me fue posible documentar los monumentales arcos de acceso con sus esculturas renacentistas y bóveda de casetones.


Recordad que la foto está realizada desde una pequeña abertura en el muro.


Estos jardines fueron creados para Fernando Álvarez de Toledo e incluían esculturas, pinturas e ingenios de agua. Por desgracia se encuentran en muy mal estado en la actualidad.


Más suerte tuvimos en una parada inicial, antes de llegar a Abadía: el Convento de la Bien Parada, en ruinas.


Es la Bien Parada un convento del siglo XVII que está incluido desde 2015 en la Lista Roja del Patrimonio, que elabora Hispania Nostra.

El convento fue habitado por franciscanos hasta la exclaustración de 1820, aunque la ruina ya lo amenazava desde finales del XVIII.


Convertido y usado como establo, fue adquirido por el Ayuntamiento de Abadía en 2005 para restaurarlo, aunque las obras todavía no se han iniciado.


El convento conserva Iglesia, Sacristía, Hospedería y Claustro y destacan con fuerza sus blasones, los escudos en la fachada de la Iglesia, que identifican a la Casa de Alba. 


El uso de la sillería nos muestra que estamos ante una construcción en la que se invirtió mucho dinero y cuidado. No en vano llegó a cobijar Estudios de Teología y Música.


Ojalá puedan iniciarse los trabajos de restauración. 

En todo caso, Abadía merece una visita. Y si vais, acercaos a la Bien Parada y no dejéis de acudir a los jardines de Sotofermoso: un lunes de 10:00 a 11:15h o, en su defecto, preparad una buena respuesta para la prueba de ¿Qué sabes de Wellington en la batalla de los Arapiles?

domingo, 11 de junio de 2023

MAUSOLEOS Y MASONES EN EL CEMENTERIO DE SAN JUAN DE BADAJOZ

Necroturismo. Bajo esta denominación se esconde el creciente interés por los camposantos; aunque,  para ser más exactos, por las secciones de panteones y personajes ilustres que se encuentran en los mismos. El Père Lachaise de París, la Recoleta de Buenos Aires, el Protestante de Roma, la Almudena de Madrid son buenas muestras del enorme patrimonio cultural e histórico que pueden encerrar los cementerios.

El de San Juan en Badajoz es mucho más modesto, pero esconde un patrimonio relevante y puede constituir una forma fascinante de acercarse a la historia local de la ciudad, pero también a la de Extremadura. 

Un breve vistazo a sus mausoleos y tumbas monumentales - concentradas en un sector del cementerio - revela la pujanza y riqueza que alcanzó en Badajoz la burguesía de los negocios y las profesiones liberales desde mediados del siglo XIX. Sepulturas que se entremezclan junto a las de una aristocracia que empezaba a menguar y con la que la burguesía pacense establecían alianzas matrimoniales.



Estas tumbas nos hablan de la oligarquía urbana pacense, la que nace en el siglo XIX y se extiende a lo largo del siglo XX.


Entre las tumbas descolla una por sus dimensiones, estructura y composición: es la de un joven estudiante de nombre Reinerio Marcos.


Era un estudiante de la Escuela de Minas de Madrid que falleció un 4 de junio de 1886. Su desolada madre, Maxima Hiarte, quiso levantar un monumento a su hijo tan alto que pudiera verlo desde su casa, en la calle de San Juan, 24.

Los actuales edificios que se interponen entre la calle de San Juan y el cementerio de San Juan nos impide atestiguar lo logró, pero qué duda cabe de que estamos ante una de las tumbas más monumentales de Badajoz y, probablemente, de Extremadura. De esta historia habló la periodista Rocío Romero en el diario Hoy, y puedes leer su crónica pinchado aquí

Si te fijas en el libro que lleva en sus manos, es el manual del Cuerpo de Ingenieros de Minas.


Una profesión que también se refleja en las herramientas que lo acompañan.


¡Qué diferente es esta tumba de la de Carolina Coronado! Humilde, sencilla lápida que cobija a la gran poetisa extremeña del romanticismo, una mujer que luchó contra los convencionalismos de su época y que defendió la igualdad jurídica entre hombres y mujeres, abogando por la educación de la mujer, entre otras propuestas. 

Carolina Coronado murió arruinada y el Liceo de Artesanos de Badajoz tuvo que sufragar esta tumba y su traslado a Badajoz para evitar que acabase en una fosa común en Madrid.


¿Cuándo se construye el cementerio de San Juan? Pues en 1839, siendo Alcalde-Presidente José María López. Un cementerio alejado del núcleo urbano; de hecho, bastante alejado del centro primitivo de la ciudad para cumplir así con las normas de higiene y salubridad impulsadas por el reformismo borbónico del siglo XVIII y que demandaba sacar los restos mortales de la ciudad y ubicarlos a una prudencial distancia. Extremadura tardó bastante en cumplir con estas disposiciones.

En la foto puedes ver la lápida inaugural.


Lápida que está colocada en la antigua puerta de entrada al cementerio.


Aunque san Juan está casi engullido por las nuevas urbanizaciones que se han extendiendo desde mediados del siglo XX, en su momento era un cementerio muy alejado, lo que provocó no pocas protestas entre los vecinos. Superadas éstas, las familias de la oligarquía pacense comenzaron a levantar sus panteones, una ocasión para mostrar el orgullo de su linaje, sea éste fruto de la sangre (la aristocracia) o de los negocios (la burguesía).


Burgueses y aristócratas se distinguían en vida de las clases humildes, y también en la muerte.

Sus palacios-panteones reproducen las arquitecturas más identificadas con lo funerario, especialmente el neogótico. Agujas y pináculos se alzan a cielo.


El principio de emulación hace acto de apariencia y los potentados quieren tener la mejor de las tumbas.


No obstante, dejemos este bosque de estatuas y pináculos y vamos a desplazarnos a una sección en apariencia sencilla, pero donde abunda el misterio, el secreto y los símbolos.

Estamos en el Distrito 5.


Los cementerios son todos, en nuestros días, civiles pero no lo fueron así en el pasado. En sus orígenes eran camposantos, palabra que seguimos conservando en el castellano pero que remitía a una realidad religiosa: el cementerio era un campo consagrado donde eran enterrados los cristianos.

Había secciones para los no bautizados, como los bebés fallecidos antes de que se les pudiera imponer el agua de la fe, la llamada sección del limbo; y los suicidas, que tenían prohibido reposar en suelo sagrado por vulnerar la Ley de Dios, generaban no pocos problemas, por lo que habitualmente se ocultaba esa muerte y se disfrazaba de accidente o de grave desequilibrio mental (pues en este caso se estimaba que el suicida no era plenamente consciente de lo que hacía y, para la teología cristiana, irresponsable), estando todos, empezando por el médico y terminando por el párroco, piadosamente de acuerdo en hacerlo constar así para que se lo pudiera enterrar.


Pero ¿Qué hacer con los que voluntariamente no quieren ser enterrados bajo el rito católico? ¿Qué hacer con quienes profesaban otras creencias, una vez que en España se legalizaba la libertad de culto? ¿O con los extranjeros que vivían aquí y tenían distinta fe?.

El 19 de mayo de 1882, bajo uno de los gobiernos del Partido Progresista de Práxedes Mateo Sagasta, se aprobó una ley que garantizaba la existencia de una sección civil en los cementerios. Al año siguiente, y ante las resistencias y dejadez de los municipios, se promulgó otra norma obligando  a los ayuntamientos de más de 6.000 habitantes a contar expresamente con dichos espacios.

En Badajoz nacía el Distrito 5 


O el Cementerio de los Protestantes, como lo denominarán popularmente en la ciudad. Allí donde se podían encontrar lápidas y tumbas como ésta, de un alemán muerto en Badajoz en 1918 y que profesaría la religión reformada. 


O de pastores evangélicos como Carlos Liñan Andueza


Pero el Distrito 5 esconde mucho, mucho más. 

Nada menos que un atractivo conjunto de sepulcros y lápidas donde reposan destacados personajes de la ciudad que formaron parte de la influyente Logia de la Pax Augusta, hermanos y maestros de la masonería, que tan importante fue y de tanta trascendencia para la ciudad de Badajoz. Masones y librepensadores, hombres consagrados al ideas de la Libertad, la Fraternidad y la Igualdad y promotores de organizaciones de solidaridad, de periódicos, de proyectos de reforma educativa y de opciones políticas progresistas.

Y en sus lápidas dejaron los símbolos de su adscripción, hermanos que reposan en la Logia eterna.


Destacan, entre esos símbolos, la escuadra y el compás, sello característico de la masonería internacional.




O las siglas L.I.F (Libertad, Igualdad, Fraternidad, la tríada programática de la Revolución Francesa pero que, previamente, había nacido en las logias de la Francmasonería)


Por desgracia algunas de estas lápidas están en muy mal estado, habiendo sufrido especialmente este Distrito 5 durante la Dictadura Franquista, cuando varios nichos fueron recristianizados y el espacio se convirtió en almacén.


Escuadra y compás, las columnas del Templo y el Sol. Símbolos del Gran Arquitecto del Universo.


Ceferino Guillén Martínez fue concejal del Ayuntamiento y maestro asentador de vías del ferrocarril, importante puesto de trabajo técnico en un sector, el del tren, que estaba llegando, tarde, a nuestra tierra. En septiembre de 1863 se había inaugurado el tramo Elvas-Badajoz y la ciudad quedaba conectada con Lisboa (es curioso que hoy no lo estemos)


Otras lápida masónica, la de Santos Rivacova y Alvárez.



Entre esos masones y librepensadores podemos destacar a Narciso Vázquez Lemus, médico que había nacido en los Santos de Maimona y que llegó a ser diputado en las Cortes de 1931, las Constituyentes, así como Concejal del Ayuntamiento. Presidente del Colegio de Médicos en 1898 y de la Cruz Roja en 1888, fue un destacado Republicano Federal y  Masón, promotor y director de los periódicos El Autonomista Extremeño y El Obrero Federal y autor de un proyecto de saneamiento y embellecimiento de Badajoz. Pinchando aquí podéis encontrar información extensa sobre sus colaboraciones en prensa.


Aquí tenemos a Rubén Landa y su familia, aunque aquí no reposa su insigne hija, Matilde Landa, que sería una importante dirigente comunista extremeña, y que no fue bautizada (hecho muy notable en la época), participando en su inscripción en el registro civil como testigos Narciso Vázquez y el poeta y periodista Manuel Barriga. Su tumba se encuentra en el cementerio de la Palma, pues falleció en la cárcel de esta ciudad, siendo una de las víctimas de la Dictadura Franquista.

Rubén Landa era el sobrino de Carolina Coronado y fue Presidente del Partido Democrático Progresista en 1880. En 1883 estuvo entre los impulsores del fallido pronunciamiento republicano en la ciudad, un hecho notable y relativamente poco conocido. Badajoz se puso a la cabeza de un movimiento para derribar la monarquía de Alfonso XII. También impulsó la Institución Libre de Enseñanza, destacando su amistad con Francisco Giner de los Ríos y Bartolomé Cossío.


Otro insigne masón fue Vicente Martínez Blas, alcalde Badajoz en 1873 y destacado dirigente del Comité del Partido Republicano Federal durante el Sexenio Democrático (1869-74), que terminaría exiliado en Francia junto a su amigo Rubén Landa.


Y terminamos el recorrido por las lápidas con la de Isidoro Osorio y Sánchez Valladares, director de La Crónica y de la Región Extremeña, concejal y alma del Liceo de Artesanos, institución cultural que logró que el Ayuntamiento cediese un terreno para acoger los restos de Isidoro Osorio y sufragó la tumba.


La Logia Pax Augusta, a la que pertenecían mayoritariamente estos masones (hubo otras logias previas en el siglo XIX) impulsó en Badajoz la Caja de Ahorros, el Liceo de Artesanos o la Sociedad Constructora de Casas para favorecer la construcción de éstas con destino a las familias humildes, entre otras iniciativas

Como podéis ver, este cementerio, y este Distrito 5 en concreto, atesoran historias dignas de contar y de visitar.