Los musulmanes españoles no representaban la figura humana, (porque nada puede competir con el dios creador) por lo que recurrían a figuras geométricas representaciones vegetales, o bien a frases del Corán o de poesía (con la hermosa caligrafía árabe) para decorar sus edificios, sean éstos mezquitas o palacios. En la Ermita del Salor, los artistas mudéjares no podían decorar los arcos y el interior con frases coránicas, por lo que optaron por las formas: a partir de un cuadrado se van desenvolviendo bellas figuras octogonales y hexagonales.
Enseguida llegaremos a un notable edificio, que en realidad son dos templos y donde nos encontramos con el habitual arte ecléctico extremeño: mudéjar, gótico y barroco, fruto de una historia compleja con muchas intervenciones.
Las primeras noticias de la ermita datan de 1229, y por ellas sabemos que perteneció a Cáceres, aunque con posterioridad la ciudad se la entregó a la localidad de Torrequemada.
El templo había sido sede de la Cofradía de Nuestra Señora del Salor, fundada por los caballeros feligreses en la Parroquia de San Mateo, en Cáceres, en 1345.
Las pinturas murales mudéjares no son las únicas que se conservan. En la entrada norte de acceso ya nos encontramos las primeras, dedicadas a la Virgen y a los ángeles.
Nuestra Señora del Salor fue destruida durante la Guerra de Independencia y terminó siendo usada como establo hasta el siglo XX, cuando la Junta de Extremadura la recuperó y la restituyó. Las cubiertas originales había desaparecido, por lo que las maderas del tejado a dos aguas son contemporáneas.
Durante el proceso de restauración fueron aparecieron las pinturas murales, no solo las mudéjares citadas, también distintas escenas de la vida de Cristo.
Un calvario, por ejemplo.
O Jesús ante los doctores (rabinos) de la sinagoga, a la izquierda; y en la Última Cena, a la derecha.
El fresco de la Última Cena tiene la particularidad de incluir en la misma a la Virgen. Hay quien postula que sería María Magdalena, fruto sin duda de la influencia del Código Da Vinci, pero eso es una fantasía: dada la vocación de la ermita y la importancia del culto a la Virgen, ella sería la representada, junto a su hijo. El nimbo, halo o aureola con la que se pintan a María y Jesús es buena prueba de esa filiación estrictamente mariana.
No estamos, claro, ante obras maestras de la pintura, pero dentro de su sencillez, son bellas. Una pequeña muestra del arte rural y, sin duda. su recuperación fue una gran noticia para la Historia del Arte en nuestra tierra.
¿Y qué decir del interior? De estos arcos apuntados y arcos de medio punto que convierten a este templo en uno de los más hermosos de la comarca cacereña.
Y el hecho de que los bancos estén limitados a la cabecera es un gran acierto, porque permite que podamos disfrutar de un espacio diáfano, limpio y solemne.
Aquí tenemos tres naves con seis tramos, separados por arcos transversales en las naves laterales, de medio punto, y arcos apuntados u ojivales en la central. La rosca de los arcos se ha realizado en ladrillo (otro elemento mudéjar) y el intradós de los mismos se ha decorado con las geometrías mudéjares señaladas.
La ermita tiene dos accesos, la puerta norte que antes hemos visto y ésta otra, la principal, cobijada bajo un templete de acceso.














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