Nos vamos a Garrovillas de Alconétar, localidad cacereña que tiene, a mi entender, la plaza más bonita de Extremadura y uno de los mejores ejemplos de arquitectura rural de la baja Edad Media, iniciada en el siglo XV, aunque con abundantes reformas en siglos posteriores.
Por el momento dejaremos esta plaza, porque la ruta que se quiere presentar aquí - un recorrido por los pinares y almendros garrovillanos - se inicia junto a la Ermita del Cristo del Humilladero, bonito templo barroco ya en las afueras de la localidad.
Desde la Ermita nos encaminamos hasta las ruinas del Convento de San Antonio de Padua, mandado levantar por el I Conde de Alba de Aliste, Enrique Enríquez de Mendoza, y su mujer, María de Guzmán, nobles propietarios de la villa y de sus abundantes terrenos pero, sobre todo, perceptores de los pontazgos o barcajes del paso del Tajo, rentable tasa que había que abonar para poder cruzar el río.
Este convento franciscano, convertido pronto en panteón del linaje de los Alba de Aliste, fue edificado para cumplir la promesa de la mujer del conde, que había rogado a Dios por la liberación de su marido (hecho prisionero por el rey Alfonso V de Portugal en la Batalla de Toro) y comprometido un monasterio si tal cosa sucediera, como así sucedió. Monasterio, tierras y rentas.
Las desamortizaciones de Mendizábal de 1835 lo llevaron a la ruina, siendo asaltado y expoliado por los garrovillanos, convencidos como estaban de que en su interior se escondía un gran tesoro. Acabaría convertido en almacén ganadero, hasta su declaración como Bien de Interés Cultural en 1991. Hoy sus ruinas impresionan, esperando una restauración (aunque yo defiendo una obra de mera consolidación, para evitar su ruina total, y que se conserve - pudiendo ser recorrido y visitado - tal y como lo encontramos actualmente)
Voy a destacar su notable claustro, de doble planta, y que podremos ver desde el camino, barroco aunque sobrio.
Pasado el convento hallaremos en el camino la Peña Resbaladera y el Pozo del Millón. Sobre el pozo, apuntemos que, hasta la llegada del agua corriente, la población de la villa - como en el resto del país - bebía, cocinaba y se aseaba con el agua de los numerosos pozos dispersos en casas, tapaos, cercados y huertas. Pero en tiempo de sequía se acudían a pozos públicos, bien surtidos. Podemos encontrar el de La Laguna, la Plaza, la Butrera, la Fuente del Morisco (con la que nos cruzaremos en el sendero) o éste, llamado del Millón.

En cuanto a las peñas resbaladeras, que inmediatamente asociamos con los juegos infantiles del tobogán, éstas formaban parte del berrocal sagrado de los pueblos de la antigüedad, entre el Neolítico y la Edad de Hierro y estaban asociadas a rituales de fertilidad, a ceremonias donde las mujeres llamadas a concebir se deslizaban, buscando con ello tomar la fuerza vital de la piedra y conectar con las deidades. Del berrocal sagrado extremeño, peñas mágicas, se ha hablado y se seguirá hablando mucho en este blog.
En la resbaladera de Garrovillas son visibles las numerosas líneas del deslizamiento, aprovechando para este fin un buen batolito granítico.
Ya en ruta empezaremos a ver los numerosos pinares y almendros que van jalonando el camino; árboles, los pinos, de gran porte y del que se aprovecha su madera y sus piñones.
Pinos y almendros que se concentran, especialmente, al este y sudoeste de la población.
Pero la flora garrovillana es aún más variada y típicamente mediterránea, estratificada en bosque humanizado (es parte de la dehesa extremeña), matorral y herbáceas. Podremos ver encinas y acebuches, escobas blancas y amarillas, jaras y tomillos, zarzas y magarzas.
Flora y flores, espectaculares en primavera. Donde poder ver la Manzanilla (Anthemis cotula)
O el oloroso Catueso o tomillo borriquero (Lavandula stoechas)
En un momento dado observaremos como el sendero se amplia notablemente, como si estuviéramos caminando por una autovía natural... y en cierta forma, así, es. Estamos en una cañada real.
En la Cañada Real de la Plata o Zamorana, un camino de 500 kilómetros de longitud y que unía León con Trujillo, los pastos del verano y del invierno para el importante ganado trashumante, sobre todo, la oveja merina.
Caminos protegidos por el Concejo de la Mesta, uno de los más provechosos para las finanzas reales hasta el siglo XIX, cuando nace al fin un sistema impositivo que podemos llamar ya del Estado Contemporáneo.
Fíjate también, caminante, en algún chozo o bujío que sigue en pie, refugios de pastores que deberíamos proteger y preservar.
En nuestro recorrido nos toparemos con una enorme cantera de granito, por donde caminaremos, descubriendo sus bloques de 2, 3 y hasta 4 metros cúbicos, alineados en el camino, cortados. Una importante industria en el pasado.
Bloques cortados con equipos con hilo diamantado y extraídos del monte mediante voladuras controladas.
También podremos ver algunas construcciones curiosas, ejemplos interesantes de arquitectura rural tradicional.
Fuentes, y berrocales, y claro está, nuestros pinos y almendros.
Y llegamos así a Garrovillas de Alconétar, a su plaza. Pero un apunte, antes de hablarte de ésta. ¿Te has fijado en que el nombre de la localidad está en plural? Garro-Villas. Y no Garro-Villa.
¿Por qué?
Debes saber que, antes del pueblo actual, la mayor concentración poblacional se daba en Alconétar, que en árabe significa "Segundo Puente", por su puente romano (el primero era, claro "El Puente": Alcántara). Alconétar tuvo atalaya musulmana de vigilancia, posteriormente ampliada a castillo en manos de la orden templaria que terminó en manos de la Corona.
Y de pronto, a comienzos del siglo XV, la villa de Alconétar quedó despoblada, emigrando sus habitantes a el Garro, aldea que, hasta ese momento, estaba bajo su jurisdicción. Se ha hablado de un cataclismo, tal vez el saqueo del pueblo o una riada del Tajo que lo anegó y lo destruyó. En todo caso, los habitantes de la villa se unieron a los del Garro, naciendo así Garrovillas de Alconétar.
Volvamos a la plaza.
Podemos destacar sus pórticos y soportales, con arcos de medio punto. Pórticos que servían para resguardarse en ellos del sol o de la lluvia, pero, sobre todo, para que los mercaderes o menestrales sacaran sus géneros a la venta. Sabemos por las fuentes (por ejemplo, por las ordenanzas de zapateros y curtidores) que el mercado garrovillano se celebraba los lunes.
Las plazas mayores - y la nuestra era llamada "Plaza Pública" - eran centros neurálgicos de los pueblos y ciudades, donde se ubicaban las Casas Consistoriales y se encontraban, junto al almotacén, los patrones de pesos y medidas, así como otros edificios importantes como la cárcel, las escribanías y la alhóndiga, almacén donde se guardaban los cereales para abastecimiento de los vecinos. Y también, como en la actualidad, los mesones y las posadas, "todas indecentes" según leemos en el Interrogatorio de la Real Audiencia de Extremadura de finales del siglo XVIII.
Cinco calles desembocaban en la Plaza, cada una con su arco apuntado. Solo se conservan dos, como éste que ves en la foto, llamado Arco De Mendos, levantado en piedra granítica. El otro, el de San Pedro, lo es en ladrillo.
Y en las plazas se celebran las ceremonias, las fiestas y desfiles, las misas y las corridas, teniendo el cabildo eclesiástico de la villa "derecho de vistas", al menos desde 1635. Es decir, el privilegio de poder contemplar desde los balcones y miradores los espectáculos públicos (o cobrar por tener allí asiento).
Todavía hay mucho más que ver en este extraordinario pueblo. Su Hospedería, antiguo palacio de los condes de Alba de Aliste, la Iglesia de Santa María de la Consolación, la de San Pedro, su Convento, su Museo Etnográfico... y sus chimeneas. No en vano estamos en pleno centro neurálgico de la cacereña Ruta de las Chimeneas.
Aquí puedes ver la ruta seguida y en el QR, descargártela.
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